EL LIDO: LA PLAYA DE LOS VENECIANOS

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    El Lido: la playa de los venecianos

    Autor: Michele Del Pup

    Cuando paseamos por la playa del Lido en invierno, parece increíble verla desierta y silenciosa, con el único sonido de la resaca del mar y de las olas que rompen continuamente sobre el batiente.

    Las largas filas de las cabinas cerradas a la espera de la próxima temporada de verano y las grandes dunas de arena, murallas que defienden del asalto de las mareas, le proporcionan un especial atractivo.

    La orilla de arena cubierta de conchas y de todo tipo de restos traídos por el mar nos impiden imaginar el espectáculo veraniego, con bañistas de todas las edades tomando el sol y bañándose y niños jugando despreocupados en el arenal.

    Desde siempre, la playa del Lido es la playa de los venecianos y excepto algún raro turista, siempre la frecuentan familias o grupos de amigos que alquilan, durante el periodo veraniego, una «cabaña», una caseta que antes era de madera y ahora es casi toda de plástico, con una veranda cerrada con toldos y amueblada con mesa, sillas, tumbona y hamaca a donde los venecianos llegan por la mañana a pasar los cálidos días veraniegos para volver a casa al atardecer.

    Para quien no reside en Venecia, el espectáculo curioso se produce el primer día de junio, fecha de apertura de los establecimientos balnearios para el verano, cuando muchos habitantes de la ciudad  se dirigen hacia el Lido a bordo de vaporetos, llevando carritos con todo lo necesario para la playa: sombrillas, sillas plegables, juegos para los niños, toallas, aletas y muchas otras cosas.

    Parece ser la emigración de todo un pueblo. Y en cierta medida, lo es. Una emigración que se inicia con la inauguración anual de la época balnearia y se repite, en sentido contrario, a mediados de septiembre, cuando los establecimientos balnearios cierran sus puertas para el invierno.

    Y aquí, a lo largo de todo el verano, los venecianos pasan sus días veraniegos como lo hacían sus antepasados a comienzos del siglo XX, casi un traslado diario a una casa de playa, con el mismo ritmo desde hace decenios.

    Por la mañana, muy pronto, llegan las madres o los abuelos, que llevan a los niños al mar antes de que haga demasiado calor.

    Más tarde, después de haber hecho la compra, llega el resto de las amas de casa, con comida para todos, a menudo cargadas de platos preparados en casa, a primera hora.

    A medio día, muchos maridos llegan a la playa para disfrutar de una larga pausa para comer y luego volver a su trabajo, cuando las madres y los niños más pequeños ya han vuelto a casa.

    Luego la playa se sumerge en el silencio, roto solo por algún llanto o por gritos de niños: es la hora del descanso, a la espera de poderse volver a bañar.

    Y hacia la mitad de la tarde, una muchedumbre cada vez más densa se encamina a este baño ritual que interrumpe la monotonía de las largas tardes de verano, a la búsqueda de un cierto alivio del calor en los días más tórridos del verano.

    Cuando el sol empieza a bajar y ya es mas soportable, muchos sacan las mesas de las cabañas y empiezan interminables  partidas de cartas y juegos de todo tipo para los niños que se prolongan hasta la hora de volver a casa, cuando se hace una pausa para la ineludible cita con el aperitivo: un vaso de vino blanco seco fresco o un spritz.

    Y esta repetida y diaria costumbre es la misma que recuerdo haber repetido desde niño y, más recientemente, con mis hijos y que aún hoy observo, invariable.

    Localización: Venecia · Ver en Google Maps

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