TRAGHETTI

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    Traghetti

    Autor: Michele Del Pup

    El Gran Canal zigzaguea como una larga serpiente dividiendo la ciudad en dos partes, una división que causa problemas a quien recorre a pie la ciudad y debe cruzar de una parte a otra.

    La necesidad siempre presente de poder pasar de una orilla a otra llevó a la construcción de los tres puentes históricos que atraviesan el Gran Canal.

    Al más antiguo se lo conoce como el puente de Rialto, en la mitad del canal, la arteria principal de Venecia, y en los dos extremos se encuentran el puente de los Descalzos y el puente de madera de la Academia.

    Hace algunos años se añadió un puente nuevo, acompañado de una gran polémica en la ciudad, el Puente de la Constitución, pero los venecianos lo conocen como el Puente de Calatrava por el arquitecto que lo diseñó.

    Pero estos tres caminos obligan al viandante a tener que alargar a menudo su itinerario para pasar de una orilla a la otra. Es por eso que, al igual que en el pasado, se utilizan los «traghetti». Un servicio con góndolas, simples sin decoración en los asientos ni otras florituras, para pasar de una parte a la otra del Gran Canal.

    Hoy quedan solo un par de estos traghetti, S. Tomà y Santa Sofia; el primero lo utilizan especialmente los que vienen de Piazzale Roma o de la estación de tren para llegar a la zona de San Marco, mientras que el segundo une la «Strada Nova» con el mercado de Rialto. Hace unas pocas décadas había otros, ya desaparecidos por su poco uso. 

    En el pasado debía haber muchos más, tal y como demuestran las muchas «calles del traghetto» que existen hoy en día y que recuerdan esta antigua costumbre y también oficio casi desaparecido.

    Con poco más de un euro se puede probar esta experiencia, un poco extraña para quien no esté acostumbrado a mantener el equilibrio de pie en una góndola que se desliza por el agua.

    Subir a bordo, ayudados por el gondolero, y sentir bajo los pies la barca balanceándose es una experiencia que merece la pena. Se distinguen en seguida los habitantes y los usuarios habituales, imperturbables por el balanceo, que suben y bajan como una flecha o se quedan tranquilamente de pie durante la breve travesía.

    Por el contrario, quien lo hace por primera vez se mueve manteniéndose torpemente sobre las piernas, que no sienten bajo los pies un suelo estable y seguro. Se agarra a la mano del gondolero al subir y bajar y nada más subir se precipita para sentarse en la simple tabla de madera que se encuentra yendo hacia proa, el único asiento, o sobre los lados de la barca, en proa, donde también se encuentra la caja con un gran número de monedas de distinto valor listas para dar el cambio a los pasajeros. El peso de los pasajeros que poco a poco van subiendo desequilibra la góndola, que se balancea y asusta al viajero ocasional que lanza pequeños gritos, entre el espanto y la maravilla, sobre todo a los turistas de todas las edades que usan por primera vez este medio de transporte. 

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