CHIEVO, EL BARRIO

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     Chievo

    Autor: Alessio Corazza - Twitter

    Desde hace unos quince años, hay un pequeño barrio de los suburbios de Verona famoso en toda Italia y en el mundo – al menos entre los apasionados de fútbol. Se llama Chievo y se encuentra en la parte noroeste de la ciudad, limitato por el ferrocarril que lleva a Trento.

    Durante muchos años, la única cosa digna de atención para el visitante fue el pintoresco puente - dique sobre el río Adige, construido entre 1920 y 1923 y aún hoy peatonal, desde el que se pueden admirar de cerca los tabiques de hierro que protegen la ciudad de posibles inundaciones y desde el que se ramifica el Canal Camuzzoni.

    Más tarde, en 2000, todo ha cambiado. Ese año, de hecho, la Asociación Deportiva Chievo Verona – para todos, simplemente, el Chievo – fue ascendida a la serie A, la primera división del campeonato italiano de fútbol. Un logro construido en dos décadas de paciente y constante mejora en las ligas menores. Pero nadie en ese momento podía imaginar que ese equipo de barrio como tantos otros hubiese podido llegar tan lejos.

    “Pasará a la serie A cuando los burros vuelen”, se burlaban los aficionados del Hellas Verona, el primer equipo de la ciudad y el único “provinciano” del fútbol italiano que ganó un campeonato, en 1985, en la era del fútbol moderno. Y es así que cuando el Chievo asciende y todos los periódicos hablan del “cuento de hadas”, los artéfices de ese milagro deportivo se ganan un apodo que les queda para siempre: “Mussi Volanti” (Hocicos Voladores).

    La “fábula” del Chievo dura desde entonces. Con excepción de un solo descenso a la serie B, reparado al año siguiente con un ascenso inmediato, el Chievo se ha convertido en una de las presencias estables de la Liga de Primera División. A menudo lucha en las posiciones inferiores, pero hay años en los que se quita más de una satisfacción: tal vez ganándole al Juventus o al Inter. Un año se clasificó incluso en la ronda preliminar de la Liga de Campeones, la máxima competición del fútbol europeo.

    Sin embargo, quien piensa que al llegar a Chievo, se respira la atmòsfera de un barrio loco por el fútbol quedará descepcionado. La verdad es que el barrio no ha cambiado mucho desde que, cuando yo era un niño, me llevaban a ver el dique con los patos y cisnes que nadaban en las plácidas aguas antes de la presa. O bien a pasear por el espléndido parque de Villa Pullè, magnífica pero decadente residencia en estilo neoclásico del siglo XVIII. O a explorar el fuerte habsbúrgico en perfecto estado de conservación.

    El centro del barrio es siempre la pequeña plaza de la iglesia y los únicos signos distintivos de la epopeya del Chievo son una pequeña tienda de merchandising del equipo y la bandera colgando fuera del bar de la calle Berardi, histórico lugar de encuentro de los aficionados. Después de todo, es esta normalidad aparente que vuelve único un lugar como Chievo y una de las razones del éxito de su equipo: muchos de los jugadores de fútbol que pasaron por aquí siempre han hecho hincapié en que este es un gran lugar para jugar, por la ausencia casi completa de presiones.

    En realidad, una cosa ha cambiado en Chievo. Basta seguir las indicaciones para  “Bottagisio” para descubrirlo. El que una vez era el histórico campo de entrenamiento del Chievo desde 1957, cuando todavía jugaba en las ligas provinciales y regionales, hoy es un centro deportivo multidisciplinar de vanguardia. Una serie de campos de juego en césped sintético son el terreno de entrenamiento de todos los equipos juveniles del Chievo. El sábado y el domingo tantos apasionados de fútbol recorren el hermoso carril de las bicicletas a lo largo del canal Camuzzoni y se paran aquí para ver jugar a los jóvenes talentos que en el futuro, quizás, llegarán a ser verdaderos futbolistas . La “fábula” del Chievo, después de todo, empieza aquí. 

     

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