UNA NOCHE EN LA ÓPERA

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    Opera

    Autor: Alessio Corazza - Twitter

    Si pienso en una experiencia verdaderamente única que se pueda vivir en mi ciudad, me viene a la cabeza una en concreto: asistir a la representación de una ópera en la Arena de Verona. E incluso si no sabes nada de lírica, si no sabes distinguir un barítono de un soprano, si nunca has oído hablar de Verdi, Puccini o Donizetti, hay mil y una razones para no dejar escapar esa oportunidad.

    Normalmente, la ópera se representa en los teatros. Y sin embargo, desde hace más de cien años cada verano esta arena romana con dos mil años de historia se convierte en el escenario de uno de los festivales líricos más famosos del mundo. Frente a miles de espectadores (hasta 13.000 cuando se agotan las entradas), sin un techo encima, los cantantes tienen que hacer llegar su voz hasta las últimas gradas sin la ayuda de micrófonos.

    Este marco espectacular tiene también una gran ventaja: el escenario es muy grande y, por lo tanto, permite imponentes escenografías. Los directores (como Franco Zeffirelli, que desde hace años dirige Carmen de Bizet) pueden realizar reconstrucciones a escala real de palacios y pirámides (como en el caso de la Aída de Verdi, ambientada en el Antiguo Egipto), y utilizando un gran número de comparsas.  

    La producción de un espectáculo de la Arena es un gran esfuerzo colectivo que emplea a miles de personas, no solo en el ámbito artístico. Al cumplir los 18, como muchos chicos de mi edad, yo mismo trabajé durante algunos años para el festival lírico de la Arena. Llevaba un esmoquin y todas las noches me colocaba en la cancela número 1, la que da acceso a la platea, para controlar las entradas.

    Hay decenas de vigilantes de seguridad, enfermeros de urgencias (a menudo hay personas que se sienten indispuestas por el fuerte calor), vendedores. Y después, fundamentales, los técnicos y tramoyistas: a ellos les toca desmontar cada noche las complejas escenografías de la ópera recién representada y preparar las de la noche siguiente, a tiempo para la subida del telón.

     

    Además, la chácena es una ciudad dentro de la ciudad. Un pequeño ejército compuesto por encargados de vestuario, maquilladores y diseñadores trabaja a pleno ritmo para que los artistas siempre estén perfectos en escena, desde el punto de vista estético. Después les toca a ellos dar lo mejor de sí mismos desde el punto de vista de la interpretación, sobre un escenario que en las últimas décadas han pisado todas las grandes estrellas de la lírica, desde Maria Callas a Luciano Pavarotti, desde Plácido Domingo a José Carreras.

    Las entradas de la Arena se dividen principalmente en dos categorías: las numeradas y las no numeradas. Las primeras pueden ser muy caras, pero al estar más cerca del escenario permiten ver y oír mejor. Además los espectadores pueden llegar incluso pocos minutos antes del inicio del espectáculo.

    Las entradas no numeradas tienen precios más populares, pero hay que estar preparados. Hay que hacer cola desde la tarde si se quieren conseguir los mejores asientos. Y hay que considerar que las gradas de piedra, después de todo un día bajo el sol de julio y agosto, pueden ser especialmente abrasadoras (por este motivo, en el interior se alquilan cojines). Dicho esto, desde las gradas, a pesar de estar más alejadas del escenario, se tiene una vista espectacular del anfiteatro y la acústica a menudo es óptima.

    El sol y el calor no son la principal amenaza para los espectadores de la Arena, sino la lluvia. Cuando cae la primera gota, la orquesta deja de tocar y los músicos corren a cubierto para proteger sus valiosos instrumentos. Cuando deja de llover, la representación se reanuda donde se había interrumpido, a menos que la tormenta no sea pasajera: en ese caso, el espectáculo se anula y se devuelve el dinero de las entradas.

    La lluvia en la Arena puede ser una experiencia bastante frustrante, pero no hay que ser fatalistas y armarse de paciencia. Puede ocurrir que haya que esperar hasta bien entrada la noche antes de oír el famoso coro del Nabucco, «Va pensiero, sull’ali dorate…». Pero seguramente habrá valido la pena.

     

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